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Carta de Tiresias a Dafne


Antecedentes
Cuando los EPÍGONOS tomaron Tebas, decidieron consagrar a la profetisa Dafne 2, hija del augur Tiresias, al servicio del santuario de Delfos. Al mismo tiempo, los sitiadores permitieron a un convoy de tebanos abandonar la ciudad. Cuando el mismo llegó a la fuente de Telfusa, cerca de Haliarto en Beocia, Tiresias bebió de sus aguas y murió.

Querida hija: cuando mañana Agenor te entregue esta carta, algunos tebanos (de los que abandonaron la ciudad conmigo autorizados por el enemigo) habrán ya encontrado mi cuerpo inerte junto al frío manantial de Telfusa. No debes entristecerte, pues tu padre es un hombre muy viejo, más viejo que cualquiera que conozcas o vayas a conocer. Tú ya eres lo bastante advertida como para apoyarte en tus propias fuerzas, y posees más sensatez que muchos célebres contemporáneos, que tan eficaces han sido para ocasionar su propia ruina. Los sitiadores han permitido que estas familias tebanas evacúen la ciudad con la condición, entre otras, de que quedes a su disposición. Desearía ahora que fueras la hija de otro padre, pues mi nombre es la causa de tu alto precio. E irónicamente, la fama de tu padre se debe en su mayor parte a los cuentos infantiles que se tejieron cuando la oscuridad cubrió de repente mis ojos. Te he relatado hace años—cuando te llevé a Aulis a ver el mar —qué ocurrió aquel día, y cuánto se alejan de los hechos las historias sobre mi ceguera que la fantasía de mentes ociosas ha concebido.

No debes temer que los argivos te dañen. Han jurado entregarte entera a Delfos, y no en pedazos. Por consagrarte al templo, esperan obtener los beneficios con que suponen esa ciudad premiará a los que traigan a la hija del famoso Tiresias. Agenor, que está sentado a mi lado escribiendo lo que le dicto, te contará los detalles que por falta de tiempo no te puedo relatar. En los últimos días no he hecho más que cuidar enfermos y heridos. Ayer de mañana, una banda de arqueros argivos, desobedeciendo en su borrachera las órdenes de sus jefes, dispararon contra la caravana mientras cabalgaban por su flanco. Esta tarde la pasé atendiendo a una niña que tenía una flecha clavada en el muslo. La punta estaba profundamente enterrada en la carne, y alguien, al intentar extraerla, dejó la herida en tan calamitoso estado que temo que su pierna deba ser amputada. La pequeña sentía tanto dolor que no hallé coraje para abandonarla, aunque tampoco podía aliviarla y había tantos otros que me necesitaban.

La gente de esta caravana se dirige a las cercanías del Monte Pindo y las tierras de los ilirios. Deberían considerarse afortunados. Pues aunque muchos están heridos o enfermos, debiendo además enfrentarse pronto a las durezas del camino, no tendrán en cambio que temer, como los que se quedan en Tebas, las ejecuciones, venganzas, saqueos y demás calamidades que suelen abatirse sobre los vencidos.

Mi querida niña: trata de olvidar la ciudad en que creciste, pues pasarán muchas generaciones antes de que el nombre de Tebas recupere su grandeza. La prosperidad y la soberanía exigen previsión, y cuando ésta es omisa, aquellas se retiran, siendo reacias a volver. En consecuencia, por el resto de tus días oirás hablar de Tebas en el mismo tono con que se acostumbra a hablar de lugares como Haliarto o Aulis, donde apenas habitan mentes desocupadas y perros perezosos.

Aún así, debo confesarte que nunca tuve mejor opinión de Haliarto y otros soñolientos sitios de Beocia como durante esta guerra infame. Porque mientras los perros de muchos parajes beocios se contentan con la sombra de un olivo para refrescarse, los de la raza tebana sólo se echarían sobre marfil y no aceptarían por techo nada que fuera más tosco que el oro. Pues están convencidos de que la bondad del sueño proviene del material de sus lechos y habitaciones. Tal insensatez no los abandona en el exilio, y también esta caravana da testimonio de avaricia. Pues estos miserables tebanos, a quienes los argivos han concedido el exilio en lugar de la muerte, ni se alegran por haber salvado sus vidas ni ayudan a otros en sus dificultades. Al contrario: roban a sus vecinos, a quienes ven con envidia y odio, añadiendo así nuevas desgracias a las ya decretadas por el hado.

Pero es corriente que muchos ciudadanos malgasten sus vidas persiguiendo visiones de riquezas que, como esos fantasmas que se cuenta aparecen en los desiertos de Libia, más se alejan cuanto más se les persigue. Y por esa misma razón, son fácil presa de cualquier príncipe inescrupuloso que a cada paso les pone por delante nuevas visiones de gloria y prosperidad. Y por causa de ellas, no vacilan en mentir o en robar a sus conciudadanos, provocar revoluciones o marchar a terribles guerras como la que hemos sufrido.

Ten en cuenta que si se te ocurriera explicarle a un hombre de disposición violenta que tales fantasmas son insustanciales, podría suceder que él, a quien nada le importa la verdad de las cosas, hasta te matara, sospechando que la existencia misma de tales palabras le impiden realizar su sueño. Y recuerda que si le dijeras lo mismo a un hombre de naturaleza pacífica, lo verías entristecerse tanto que al final pensarías que haces más daño mostrándole la verdad que dejándole vivir en medio de sus disparatados sueños; y hasta podrías desear que nunca te hubiera creido, al ver como su entusiasmo se desvanece junto con su visión sin dejar ni una chispa de esperanza en sus ojos. Recuerda pues—cuando estés en Delfos—que la verdad es un poderoso veneno. Tu padre no siempre ha honrado al silencio como se debe, y en el transcurso de sus muchos años ha dejado que el viento le arranque demasiadas palabras de su boca. Pero las visiones de un augur se imponen tanto como los fantasmas del desierto libio, pues ha resuelto el hado que se vea y oiga la verdad en el mundo aunque no se la reconozca ni honre...

...Hija mía, al despedirme me vienen otra vez a la memoria aquellos días soleados que pasamos juntos en Aulis, cuando por señales—que no mencionaré pero que recordarás—descubrimos tu inspiración profética. El bueno de Agenor, que te acompañará a Delfos autorizado por los argivos, necesita descanso y sueño. Para un hombre cercano a la muerte, estos carecen de importancia. Que los dioses te acompañen.

Carlos Parada
Lund, marzo de 1999




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